Alena entró al departamento más sigilosamente de lo
normal, eran casi las 3 de la mañana y
no quería despertar a su compañera. Arrojó su bolso al suelo y se tiró al sillón
más cercano, comenzó a masajearse la sien tratando de procesar lo que había pasado
las últimas horas.
Después de varios minutos se puso de pie y fue a la cocina, encontró
un post-it color amarillo chillón sobre el refrigerador :
“Fui a casa de mi tía a pasar la noche, checa la mesa y no
hagas estupideces”
Kenia sí que tenía un sentido de la responsabilidad alto,
hizo bolita el papel y lo tiró, resopló
ligeramente al llegar a la mesa del pequeño comedor color caoba, había una
botella de Cabernet Sauvignon, una caja de chocolates, 3 cigarros y el
encendedor color rosa mexicano de su precavida compañera.
Sabía que era una prueba, y sabía muy bien por que Kenia lo
hacía, cada vez que terminaba con un chico seguía uno de 2 patrones muy específicos,
uno muy usual de las chicas y otro muy estúpido digno del carácter de Alena.
Tomó la botella de mala gana y regresó a la cocina por el destapa corchos.
Se tumbó en el sillón y comenzó a beber como acostumbraba,
después de casi 4 meses de noviazgo había decidido terminar todo contacto con Theo,
no era realmente sorpresivo, la chica tenía semanas sin soportar al egocéntrico
abogado y sus pretenciosas películas eslovenas, su manera de despreciar a los
meseros y su aburrido o más bien nulo sentido del humor.
Lo que sí fue sorpresivo fue la manera en la que el actuó
cuando ella entró en tema, estaban cenando en la terraza mientras él hablaba de
la mala situación económica de Montenegro, país del cual no tenía ni la mínima idea
Alena.
“Creo que debemos dejar de vernos”- pronunció de golpe y
segundos después tomo un sorbo del vaso de agua que tenía enfrente.
“¿Disculpa?”-
Theo pusó las manos sobre la mesa mientras sus púpilas se dilataban.
Ella le
explicó que no sentía química alguna, que eran demasiado diferentes y que la
diversión que habían tenido al principio había desaparecido.
Todo pasó tan
rápido, lo siguiente que sabía era que el chico se había echado a llorar como
un niño de 4 años al rasparse las rodillas.
Duró consolándolo
alrededor de 3 horas, explicándole por que no podían seguir juntos, diciéndole que
pronto encontraría a la persona indicada para él, pero no desistía y se
aferraba a su pierna cada vez que ella trataba de marcharse del lugar.
Alena salió al
balcón mientras encendía el primer cigarrillo, justo después de dejar la
botella en la mesa casi a la mitad. La ciudad se veía igual que siempre, las
luces de los edificios titilaban de manera casi infantil.
“No puedes
seguir así, no duras ni cinco meses con los hombres y ya llevas tres novios en
este año, diablos Lena organiza tu vida amorosa de una maldita vez”- Recordó
las palabras que Kenia le había dicho o más bien gritado en su última ruptura,
hace 5 meses.
¿Qué
podía hacer ella? La verdad es que no tenía mal gusto, había conocido a varios
hombres decentes pero por alguna u otra razón las cosas no se daban y nunca
encontraba el balance con ellos, jamás en su vida había tenido una relación
estable y el hecho de tener que terminar con cada novio no significaba que no
le doliera, sino todo lo contrario.
Bob había
estado obsesionado con el trabajo, Steven era un inmaduro en todos los
sentidos, Oscar y Walter eran unos completos parásitos de la sociedad y qué
decir de Iker, que había resultado impotente.
Después de 2
sorbos de vino, 1 cigarro y 4 trufas de chocolate blanco, Alena se quitó el pantalón
y se dispuso a dormir en el sillón.
“Ya voy!”- gritó
desde el baño, rápidamente se enjuagó la boca y trató de peinarse mientras todo
alrededor le daba vueltas, corrió hacia la puerta y abrió de un golpe.
“Debiste traer
llaves”-gritó sin mirar al frente, al ver la cara de confusión de la persona
que tenia por delante sonrío nerviosa.- “Pensé que eras mi compañera”- se
disculpó
“Dejaron tu
correspondencia en mi apartamento”-el joven le extendió unos sobres y le sonreía tímidamente, ella le dio las
gracias, mientras el explicaba que se acaba de mudar al edificio.
Supuso que
todo se trataba de un horrendo ciclo vicioso.
Tal vez si era
la hija de puta que muchos hombres le habían dicho que era.





