Hemos tratado de ser adultos desde que cumplimos los 15.
Cuando entramos a preparatoria y las tradicionales salidas
al cine se convirtieron en permisos para
llegar “poquito después de las 12”.
Cuando por fin cumplimos 18, pensábamos que de repente
íbamos a madurar, de golpe, pero nada cambio.
No fue hasta que estábamos tirados en el piso del baño,
llorando con nuestros mejores amigos, viendo a nuestros padres enfermos,
recibiendo la cuenta de la tarjeta de crédito, borrachos o drogados, en
diferentes estados.
Que nos dimos cuenta, la edad solo es un número, y la
realidad es que no hay tal cosa como “volverte un adulto”
Solo te haces más viejo, y si pones atención y tienes un
poco de suerte, tal vez un poco más sabio.

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